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Un poco de buen humor

“Estad siempre gozosos” 1ª Tes. 5:16

Un ateo estaba paseando por un bosque, admirando todo lo que aquel "accidente de la evolución" había creado. “¡Qué árboles tan majestuosos! ¡Qué poderosos ríos! ¡Qué bellos animales!", iba diciendo. A medida que caminaba al lado del río, escuchaba un ruido en los arbustos detrás de él. Finalmente se dio la vuelta para mirar y fue entonces cuando vio un corpulento oso pardo avanzando en su misma dirección.
Salió disparado, corriendo lo más rápido que podía, miró por encima del hombro y vio, con horror, que el oso estaba demasiado cerca. Aumentó la velocidad. Tenía tanto miedo que lágrimas le vinieron a los ojos. Y fue entonces cuando tropezó y cayó desamparado.
Rodó por el suelo e intentó levantarse. Pero el oso ya estaba sobre él, procurando sujetarlo con su fuerte pata izquierda y, con la otra pata, intentando agredirlo ferozmente.
En ese preciso momento, el ateo clamó: " ¡Oh, Dios mío!"
Entonces el tiempo se detuvo. El oso quedó sin reacción. El bosque se sumergió en silencio. Hasta el río dejó de correr.
A medida que una luz clara brillaba, una voz venía del cielo diciendo: "Tú negaste mi existencia durante todos estos años, enseñaste a otros que yo no existía, y redujiste la creación a un accidente cósmico. ¿Esperas que ahora sea yo quien te ayude a salir de ese apuro? ¿Puedo creer que realmente tienes fe en mí?"
El ateo miró directamente hacia la luz y dijo: "Sería, de hecho, hipócrita de mi parte pedir que de pronto me trates como a un cristiano. Pero tal vez... puedas volver al oso cristiano"
"Muy bien", dijo la voz. La luz despareció. El río volvió a correr y los sonidos del bosque volvieron.
Y, entonces, el oso recogió las patas, hizo una pausa, bajó la cabeza y dijo: "Señor, bendice este alimento que ahora voy a comer. Amén".

Moraleja: debemos aprender a orar con sabiduría y no olvidar nunca que Dios es infinitamente misericordioso y perdonador.

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