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Educación y valores



“El objetivo de la educación es la virtud y el deseo de convertirse en un buen ciudadano”. Platón.

Abramos los sentidos y preguntemos a nuestros corazones qué es la educación. Porque los tiempos están cambiando muy deprisa y la educación quedó estancada en formas de superficie sin fundamentos que la mantengan. Porque, por ejemplo, a todo le llamamos música; confundimos la emoción con el mensaje del corazón, y el sollozo es a veces fruto del egoísmo más que de la necesidad. Hemos convertido la cultura en multitud de dogmas llamados tradición, y hay nuevas culturas que para sobrevivir necesitan que vivamos su culto… Entonces ¿dónde están las aulas de aprendizaje? Pienso que donde siempre: la naturaleza siempre viva, fiel a sus ciclos aunque destrozada por los seres humanos. Hemos inventado las guerras, como también las crisis; hemos perdido el Norte —que sólo hay uno— y cambiado este por metas tan temporales como una vida en la Tierra que no siembra hoy para dar de comer a los de mañana…

Hemos cambiado responsabilidad por comodidad, y la propia voluntad se mide ahora con palabras como moda, afición, desaliento, aflicción. Parece que el paso del tiempo, en vez de recordarnos lo aprendido en el pasado, preferimos vivir el escaparate cambiante pero piramidal con etiquetas como democracia, globalidad, justicia… Pero los valores eran verdes y se los comió un burro.

La Utopía de Tomás Moro (1516) todavía hoy nos sería de gran referente para el cambio. Un claro ejemplo de convivencia, trabajo y respeto apuntan sus páginas. Mas hoy, el divide y vencerás está servido, porque las masas nos juntamos más para escaparnos de las propias vorágines que para solucionar viendo de cara los problemas. Nos dejamos llevar fácilmente y parece que cada vez somos más la hoja del árbol que el tronco aplomado y sereno. No reconocemos los vientos del cambio porque requieren mucho desapego y esfuerzo. Las fuerzas políticas son un burdo escaparate de benevolencia por interés, cuyo precio pagamos la mayoría permitiendo la desigualdad en vez de la equidad. La educación no es una buena inversión porque sólo genera gastos pero no ingresos. No obstante, cuando una sociedad destina poca o nula importancia a la educación, ¿hacia dónde va? Esto sólo la ignorancia lo sabe; porque estamos demostrando que no vemos las cosas hasta que las tenemos encima y ya es demasiado tarde poder cambiarlas.

Pero… ¿y si aplicamos la buena voluntad en nuestras vidas? ¿Si, en vez de creer lo que nos dicen los medios de comunicación, incluso los ególatras y otros vendedores de tres al cuarto miramos en nuestro interior? ¿Y si creemos que la mayoría realmente quiere la paz? ¿Y si reconocemos que estamos inmersos en una guerra mundial psicológica y económica que podemos parar? Para todo ello será necesario el esfuerzo consensuado; también volver al valor del dictado de las conciencias, y comenzar a ver la enseñanza como instrumento de la educación. Pero una enseñanza que defienda que todo en la vida forma parte del aula del aprender. Que toda circunstancia nos enseña, y permite elegir si queremos ser libres o vender nuestra voluntad en beneficio de unos pocos y detrimento de muchos. Para ello, creo sinceramente que la solución debe venir desde lo social, cuyo compromiso con los valores éticos debe ser un hecho in crescendo vivido. La educación, además de un derecho es un bien común. Un bien que poco interesa a quien mueve los hilos, porque así las personas educadas son pensantes y dejan de ser pensadas. “El objeto de la educación es formar seres aptos para gobernarse a sí mismos, y no para se gobernados por los demás”. Herbert Spencer.

La educación proporciona al ser humano el reconocimiento y desarrollo de la creatividad. La educación debe ser axial para que su efecto sea integral. A través de los tiempos, la humanidad ha sabido rehacerse y seguir avanzando en el camino de su evolución, pero, al igual que la naturaleza tiene sus ciclos, nosotros hemos creado unos propios, que de tiempo en tiempo nos amenazan con la autodestrucción. Es evidente que aprendemos más desde el sufrimiento que desde la conciencia. Con lo cual, la educación debería ser el denominador común de cualquier actividad o forma de vida. Con educación se entiende el respeto, con respeto se llega a los demás y a uno mismo. Nunca hemos dejado de tener el camino claro; pero sólo hemos decidido hablar de él sin hacerlo.

Si la vida es, entonces, la escuela, ¿dónde están las escuelas que preparan a nuestros jóvenes para la vida? Una vez salen de la escuela, quizás llenos de conocimientos, pero, ¿qué son éstos sin cimientos? No puede haber altruismo cuando se enseña la competitividad. No puede haber amor cuando se enseña desde el egoísmo, partidismo, etc. “El principio de la educación es predicar con el ejemplo”, Anne Robert Turgot.

Sería interesante, provechoso y necesario volver a creer en la capacidad que tenemos inherente de cambiar. Porque lo que nos cuesta es cambiar por convicción propia, y hoy en día los cambios se sobrevienen sin control, producto del desafuero establecido. La educación debiera ser la prioridad de cualquier estado o nación; como también de cualquier padre, profesor o alumno. Porque la educación es una puerta que nos abrimos hacia el horizonte; educación es la palabra de bienvenida hacia el significado de vivir la utopía desde una sola humanidad. La educación no tiene fronteras y es fragancia de libertad, fraternidad y verdadero amor.

Emig


 

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