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“La oración de Jabes” (3)



“Y Jabes fue más ilustre que sus hermanos, al cual su madre llamó Jabes, diciendo: por cuanto lo di a luz en dolor. E invocó Jabes al Dios de Israel, diciendo: ¡Oh, si me dieras bendición, y ensancharas mi territorio, y si tu mano estuviera conmigo, y me libraras de mal, para que no me dañe! Y le otorgó Dios lo que pidió”, 1ª Crónicas 4:9 y 10

Y ENSANCHARAS MI TERRITORIO
(v. 10b): lo que se está pidiendo aquí es que podamos convertirnos en personas dignas de impacto. En esta petición, Jabes quiso más INFLUENCIA, más RESPONSABILIDAD y más OPORTUNIDADES para distinguirse en el servicio de Dios. Cuando Jabes dijo: ¡Ensancha mi territorio! vio sus circunstancias presentes y dijo de manera convincente: ¡Nací para más que esto! ¿Es correcto que le pidamos a Dios que aumente nuestros negocios? ¡Claro que sí! Si lo hacemos en su voluntad. Nuestro negocio (profesión, trabajo o ministerio) es el territorio que Dios nos ha confiado y Él desea que lo utilicemos para tocar o impactar vidas, y para dar gloria a su nombre.
Para ensanchar nuestro territorio debemos mover los límites de nuestras fronteras. Cuando empezamos a orar así, suceden cosas sorprendentes. A medida que se ensanchan nuestras oportunidades, también se ensanchan nuestras capacidades y nuestros recursos de manera sobrenatural: las personas se aparecerán en nuestra puerta, o en la mesa contigua a la nuestra, comenzaremos a experimentar “citas divinas”. Mi voluntad y mis debilidades + la voluntad y el poder de Dios = mi territorio ensanchado. Cuando empezamos a pedir más influencias y responsabilidades para honrar a Dios, Él pondrá ocasiones y personas en nuestro camino. Orar por el ensanchamiento de nuestras fronteras es simplemente pedir un milagro, y un milagro es una intervención de Dios para hacer que suceda algo que normalmente no ocurriría. Dios siempre interviene cuando le damos la prioridad a SUS propósitos sobre los nuestros.
Y SI TU MANO ESTUVIERA CONMIGO (v. 10c): es común que después de estar caminando por un territorio nuevo empecemos a tropezarnos con dificultades. Es común también que, cuando nos enfrentamos con situaciones difíciles, inesperadas, nos sintamos abandonados o asustados. Como hijos de Dios, se espera que intentemos algo lo suficientemente grande como para que sea un fracaso garantizado… a menos que Dios intervenga. Fuimos creados para depender de Dios; por tanto, estamos obligados a clamar: “Si tu mano estuviera conmigo”. Cuando nuestras fronteras se ensanchan y comienza a llenarse la agenda divina con tareas enormes, necesitamos la mano de Dios para sostenernos y continuar. Depender de Dios es dejar que su poder esté bajo nosotros, sobre nosotros, en nosotros y a través de nosotros. Jabes estaba tan seguro que la mano de Dios sobre él era indispensable para bendecirlo, que no podía imaginarse la vida sin ella. La “mano del Señor” es un término bíblico que expresa el poder y la presencia de Dios. Cuando pedimos la presencia poderosa de Dios veremos milagros que sólo se pueden explicar porque vienen de la mano del Señor. Dios quiere que reclamemos el poder sobrenatural que nos ofrece (2ª Crónicas 16:9).

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